Necesitados de apoyo



Los seres humanos somos seres sociales, necesitamos de la compañía y la colaboración de los demás para poder subsistir. 

Es evidente el beneficio que tiene poder rodearte de otras personas que complementen tus conocimientos en aquellas materias que te son necesarias para conseguir un fin, ya sea mejorar un equipo de baloncesto, fabricar un nuevo producto, afrontar una negociación, etc... Es la magnitud del proyecto y nuestro conocimiento la que determinará la necesidad o no de poder afrontar un reto en solitario o si será necesario la colaboración de muchos.

Algunos a veces somos demasiado presuntuosos y creemos tener el conocimiento necesario para afrontar proyectos que en realidad es mucho mejor llevar a cabo en equipo.

Sin embargo hay pequeños proyectos, o pasos pequeños dentro de proyectos más grandes, para los que uno puede estar perfectamente preparado, pero nos resulta muy difícil hacerlo sin contar con alguien al lado. En estos casos, esa compañía sólo calma nuestra necesidad de sabernos acompañados, eso nos da seguridad, aunque lo que nos pueda aportar a nivel de conocimiento haya dejado de ser importante; lo que se ha convertido en importante es la compañía, el no sentirnos sólos.

Esta sensación seguro que la hemos tenido todos en algún momento de nuestras vidas, ya sea a nivel personal o a nivel profesional, se me ocurre el momento en que aprendemos a conducir, tras unas clases prácticas estamos preparados para tomar el control sin nadie al lado, pero nos da miedo el primer día que el profesor ya no está a nuestro lado para pisar el freno o avisarnos de un peligro que no hemos visto en el retrovisor, nos sentimos seguros con él al lado, necesitamos su compañía, aunque él mismo nos haya avisado hace ya 10 clases que estamos preparados para ir al examen y conducir por nosotros mismos.

A veces ocurre que más importante que el conocimiento es la ilusión con la que alguien te presta esa ayuda, y todavía más importante es saber reconocer que alguien te ha ayudado sin que él fuera consciente de que lo estaba haciendo.

Y hay un cuento, para mí maravilloso, que como todo cuento puede tener múltiples lecturas pero que a mí me gusta relacionarlo con lo que acabo de contar.

¿Quién guía a quién?

Aquel año el invierno neoyorquino se extendió lánguidamente hasta finales de abril. Como vivía sola y era ciega, tendía a permanecer en casa gran parte del tiempo. 

Por fin, un día el frío desapareció y entró la primavera, llenando el aire con una fragancia penetrante y alborozadora . Por la ventana de atrás, un alegre pajarito gorjeaba con persistencia, invitándome a salir. 

Consciente de lo caprichoso que es abril, me aferré a mi abrigo de invierno pero, como una concesión al cambio de temperatura, dejé mi bufanda de lana, mi sombrero y mis guantes. Tomando mi bastón de tres picos salí alegremente al pórtico que lleva directamente a la calle. Levanté la cara hacia el sol, dándole una sonrisa de bienvenida en reconocimiento por su calidez y su promesa. 

Mientras caminaba por la calle cerrada donde vivo , mi vecino me saludó con un "hola" musical y preguntó si deseaba que me condujera a alguna parte. "No, gracias" respondí. " Mis piernas han estado descansando todo el invierno y mis articulaciones necesitan desesperadamente de ejercicio, así que iré caminando". 

Al llegar a la esquina aguardé, como era mi costumbre, a que alguna persona me permitiera atravesar con ella la calle cuando el semáforo estuviera en verde. 

El sonido del tráfico me pareció un poco más largo que de costumbre, y sin embargo, nadie se ofreció a ayudarme. 

Permanecí allí pacientemente y comencé a canturrear una melodía que recordaba. Era una canción de bienvenida a la primavera que había aprendido de niña en la escuela. 

De repente, una voz masculina, fuerte y bien modulada, me habló : 

"Parece un ser humano muy alegre", dijo. "¿Me daría el placer de acompañarla al otro lado de la calle?". 

Adulada por tanta caballerosidad, asentí sonriendo, musitando un "sí" apenas inteligible. 

Con amabilidad me rodeó el brazo con su mano y bajamos de la acera. Mientras avanzábamos lentamente, habló del tema más obvio -el clima- y qué bueno era estar vivo en un día como aquel. 

Caminábamos al mismo paso y era difícil saber quién conducía a quién. 

Apenas habíamos llegado al otro lado cuando una y otra vez comenzaron a escucharse las impacientes bocinas; seguramente había cambiado el semáforo. 

Dimos algunos pasos más para alejarnos de la esquina. 

Me volví hacia él para agradecer su ayuda y su compañía. Antes de que hubiera pronunciado una palabra, me habló: 

"No sé si sabe", dijo, "qué grato es encontrar a alguien tan alegre como usted que acompañe a un ciego como yo a atravesar la calle". 

Aquel día de primavera ha permanecido en mi memoria por siempre. 


Ojalá siempre podamos rodearnos de aquellos que nos hacen mejores y también de aquellos cuya simple compañía nos hace sentir que podemos conseguir lo que queramos.


  
  
  

Comentarios (2) -

  • ¡Qué gran deseo final! La simple compañía... Qué poderosa es a veces. Gracias, Jota.
    • Gracias a tí Ana por seguir el blog... y me alegro que te guste.

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