Los héroes cotidianos



Desde pequeños buscamos modelos a los que nos gustaría parecernos, al principio nos gustaría parecernos a los héroes de los cuentos, cómics o dibujos animados que vemos, con el tiempo, al crecer, solemos buscar personas de carne y hueso; en nuestra juventud, sometidos al poder de los grandes medios de comunicación, nos solemos fijar en aquellos que aparecen de forma constante en las portadas de los periódicos o en la pantalla de nuestra televisión, y atraídos por sus "gestas", sean las que sean, algunos proyectamos nuestros sueños en intentar ser como ellos.

Otros buscan sus modelos en personajes históricos, o en la mezcla de cualidades de muchos de ellos... poco a poco vamos forjando nuestra forma de ser.

Con la madurez, por lo menos es lo que me ha pasado a mí, ya no proyectamos nuestras metas en ser como nuestros héroes de la infancia o la juventud, porque empezamos a encontrar auténticos héroes en nuestra vida cotidiana, sus gestas pasan desapercibidas para el gran público, pero basta que tú la hayas presenciado para que el impacto que te produce te cambie la forma de ver el mundo para siempre.

Cuando nos paramos a mirar, cuando podemos parar la vorágine en la que vivimos nuestro día a día, vemos héroes que viven a nuestro lado y cuyo único reconocimiento, si es que lo llegan a tener, será el de persona a la que han ayudado.

Y todo esto me recuerda el gran impacto que nosotros, como entrenadores o profesores, podemos llegar a tener en nuestros jugadores o alumnos (de hecho, creo que es extensible a la relación de cualquier ser humano con un semejante); y como a veces, sin darnos cuenta, podemos llegar a cambiar la vida  o, por lo menos, la percepción que de la misma tienen nuestros pupilos, con un sólo gesto o una sóla palabra.

Pero como decía Spiderman "un gran poder conlleva una gran responsabilidad", y a veces, sin darnos cuenta, otros gestos u otras palabras pueden tener un impacto negativo sin ni siquiera buscarlo.

Por eso me encanta la gente que da las gracias, la gente que ofrece una mano, la gente que ofrece una sonrisa, la gente que ofrece una palabra de ánimo o una conversación, la gente que se ofrece a escuchar... porque nunca sabemos lo potentes que esos gestos pueden ser y el impacto que pueden tener en las personas que nos rodean.

Y como siempre hay un cuento fantástico que me recuerda a todos esos héroes cotidianos, como no... de Jorge Bucay:

La última hoja

Esta historia transcurre en la Francia de 1900. En los comienzos de un durísimo invierno. Marie, es una niña de once años que vive en una antigua casa parisina. Una de esas casas donde trece edificios de departamentos, convergen al mismo patio interior.

Desde hace semanas, ha comenzado con un dolor en el pecho que se hace paralizante al toser. El médico ha venido a verla y ha dado el diagnóstico que su madre mas temía. Tuberculosis. A principios de siglo y sin antibióticos, esta infección es casi siempre una garantía de muerte. El doctor, ha sugerido que la niña se mantenga en reposo y ha recomendado a su madre que no la dejen demasiado tiempo sola.

- “La niña, como casi todos estos pacientes” ha dicho el medico “tiene mas posibilidades de curarse si le da pelea a la enfermedad. Si Marie dejara de luchar por su vida moriría en algunas semanas”. Y agregó: “Estoy seguro de que si la mantenemos calentita, bien alimentada y con muchos deseos de vivir, cuando el invierno pase, ella estará absolutamente fuera de peligro”.

La madre ha mirado el calendario y ha comprobado que faltan todavía dos largos meses para que llegue la primavera. Como ninguno de sus compañeros de clase vendría a verla, por el comprensible aunque injustificado temor al contagio la madre ha llamado a la maestra, que se acerque a la casa a darle algunas clases, aunque sea para acortar un poco sus días de reposo. Ha movido todos los muebles y ha llevado la cama de Marie junto a la ventana en la planta baja. Desde allí verá el patio interior, el ciprés en el centro del jardín, las enredaderas, las ventanas de los otros dos edificios y a la gente pasar de ida y de vuelta de sus ocupaciones.

El invierno se vuelve más y más frío. La niña se agrava. Un día espectora con sangre y se asusta. Le dice a la madre que tiene miedo de morirse y mientras ella la abraza llorando, tratando de que su hija no lo note, la niña señala al patio y le cuenta: 

- “Mira mami, ¿ves esa enredadera en la pared del edificio de enfrente? Hace semanas estaba llena de hojas. Algunas más verdes, otras mas amarillas… Mírala ahora que pocas hijas le quedan. Acabo de pensar, que cuando la última de las hojas de la enredadera caiga, mi vida… mi vida también llegará a su fín.

- “No tienes que pensar esas cosas” dice la madre, acomodando las almohadas y secándose las lagrimas de espaldas a la niña. “En primavera todas las enredaderas fabrican nuevas hojas, y la vida verde, vuelve a nacer”.

- “Pero son otras hojas” ha pensado la jovencita sin decirlo.

La niña, empeora día a día. Su ánimo decae en la misma magnitud que su estado general. Hasta que una mañana la madre descubre a Marie muy interesada, mirando hacia arriba por la ventana. Sin que ella se dé cuenta, se acerca tratando de ver, qué es lo que llama la atención de su hija.

Se trata de un pintor, que junto a la ventana en el tercer piso pinta con colores vivos, imágenes de París. Notredame, Montmartre, el Moulin Rouge… La niña esta fascinada y la madre, alegre. Algo por fin ha capturado su interés, quizás ella pudiera convencer al pintor de ayudar.

Esa misma tarde, la madre cruza a el edificio de enfrente y le implora al joven y estrafalario artista que se acerque a su casa, aunque sea de vez en cuando para charlar con Marie. Ella por su puesto le pagará lo que pida. Con angustia le dice: “Su vida…su vida ¿sabe? quizás dependa de que usted acepte este pedido. No es por el dinero, sino por la pena que le da la niña, el joven artista empieza a bajar una o dos veces por semana, llevando sus telas y algunos colores para hablar de pintura y animarla a que dibuje y pinte. Durante semanas, crece entre ellos una extraña amistad. Y una tarde, cuando el pintor baja a verla, encuentra a Marie llorando.

- “¿Qué sucede mon cher?” le pregunta

Marie le cuenta de su relación con la enredadera y le dice:

- “Ayer cuando te fuiste, conté las hojas que quedaban. ¿Sabes? De las miles que habían entre sus ramas quedan nada mas que 28, y yo se lo que eso significa. Si se cayeran todas hoy mismo, no habría un mañana para mi.

El pintor le dice a Marie que una asociación como esta es una tontería, y que la vida seguirá de todas maneras. Ella no tiene que pensar en esto, tiene que practicar las escalas de colores, tiene que dibujas las manzanas que el le pidió. Si no, nunca llegará a exponer cuadros. De hecho, le cuenta, gracias a haber practicado mucho él mismo, debe embarcar hacia América, para una exposición.

Marie entristece. El mundo se le derrumba. Y mientras el pintor habla, un viento fuerte arranca tres hojas de un golpe y las deja caer violentamente en el patio.

- “Volveré en Mayo a mas tardar” está siguiendo el pintor. “Allí, si has practicado, iremos a pintar en la campilla y te enseñaré a pintar con oleos.

- “No se si estaré cuando regreses, pintor” contesta Marie. “Depende…depende de la enredadera”.

El artista, que se ha encariñado con la jovencita, la abraza y le indica cómo hacer para ocuparse de pintar manzanas, hasta que él regrese.

Cada día, la niña controla desde su ventana la cantidad de hojas que quedan en la enredadera. Cada mañana, registra un dolor en el pecho cuando comprueba que en la noche, alguna de sus acompañantes ha caído para siempre. 

- “¿Qué pasa, hija?” pregunta la madre después de una agitada y febril noche.

- “Mira mamá” dice Marie señalando por la ventana. “Sólo quedan tres hojitas. Una abajo, junto al cantero ¿la ves?, otra en la mitad de la pared y una mas, solita, arriba de todo, al lado de la ventana del pintor. Tengo miedo mamá.

- “No te asustes” contesta la madre, con una convicción que no tiene. “Esas hojitas van a aguantar, faltan nada mas que dos semanas para que llegue la primavera”.

La mirada divertida de Marie se ha vuelto una obsesión de control de las pobres tres hojas.

Una noche, en medio de una feroz tormenta de viento y lluvia, la hoja de en medio se suelta de su amarre y vuela lejos. Marie, no dice nada, pero redobla sus rezos para pedirle al buen Dios que proteja sus dos únicas hojas. 

- “Mamá” gritó una mañana “¡Mamá! Ven aquí mamá”

- “¿Qué pasa hija?”

- “Queda solo una mami…solo una. La de abajo del todo de cayó anoche. Me voy a morir mamá. Debes tener fe hijita. Además…además falta muy poco y todavía queda una hoja”.

- “Si, pero hace un rato la vi temblar…Tápame mamá. Tengo frío”.

La madre la arropa con sus cobijas y sale por unos paños fríos. La niña vuela de fiebre. En los pocos momentos en que Marie está despierta, mira por la ventana a la única hoja que todavía resiste. La pequeña hoja marrón-verdoso, solitaria, que se aferra a la punta de la enredadera. Y la niña cruza instintivamente los dedos, pidiendo, internamente, a la hojita, que resista para que ella también pueda salvarse.

Y la hoja, resiste. Nieve. Lluvia. Viento. La hoja resiste. Y una mañana, mientras Marie mira a su esperanza, ve que un rayo de sol ilumina la hoja y descubre que a su lado, mas abajo, en la enredadera, hay pequeños brotes verdes, que han empezado a nacer.

- “¡Mami, mami! La hoja ha resistido. Llegó la primavera mami, ¿no es maravilloso?”

Y la madre dice: - “Si hija. Es maravilloso”. Pero no está pensando en la enredadera, sino en que su hija, también se ha salvado.

Pasan los días. La niña sigue mejorando. Y su primera salida a la calle, es al edificio de enfrente ha preguntar por su amigo el pintor. La casera se sorprende de verla y la besa con sincera alegría.

- “Me pone contenta que estés bien” le dice. “Tu amigo el pintor todavía no volvió, pero me aseguró que en unas semanas lo tendremos aquí. Mando esta carta para ti”. Y le alarga un sobre, desde América que dice “Para entregar a mi amiga Marie”.

Marie rasga el sobre. Está tan excitada. Hola Mari. Tal como ves, todo ha pasado. Para cuando leas esto faltaran días para retomar nuestras clases de pintura. Yo he comprado nuevos oleos y nuevos pinceles, así que quiero regalarte los que fueron míos. Dile a la casera que te abra mi departamento, y llevate mis cosas. Practica mucho. Recuerda las manzanas. 

La niña salta de alegría. Entra en la pequeña buhardilla por sus pinturas. Una vez allí, se acerca a la ventana para recoger el atril del pintor y ve desde el cuarto, su propia cama en el edificio de enfrente. Marie abre el ventanal e instintivamente busca su amiga la hoja heroica. La que aguanto todo. La más fuerte de todas las hojas. Y la ve. Está allí. En la pared. A un costado. Muy cerca del marco de madera de la ventana. Pero no es una hoja verdadera. Es una hoja pintada para ella en la pared de ladrillos, por su amigo el pintor...."


Nota: Dedicado a mis dos héroes cotidianos favoritos, mi padre y mi madre, a los que un día, quizá, pueda llegar a parecerme.


  
  
  

Comentarios (2) -

  • Gracias, Jota, por hacernos llegar tus reflexiones.
    Aquel viejo dicho de "Cuando sea mayor quiero ser como..." (o "parecerme a..."), en mi caso hace ya años (bastantes) que lo re-formulé y lo convertí en "Cuando sea joven quiero ser como Jota" (recuerda que eres Más joven que yo, por lo que si quería que acabara con "Jota", no podía mantener lo de "mayor").
    Salud-Salut-Saúde y devuestrobasket.com
    • Gracias a tí Tico, yo también aprendo de tí...

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