La verdadera riqueza



Hace tiempo que descubrí que soy un tipo de ciclos, que pese a dedicarme a aquello que me apasiona necesito cambiar cada cierto tiempo, cambiar algo que rompa mi rutina... porque incluso aquello que me apasiona, repetido cada día durante mucho tiempo, acaba convirtiéndose en rutina; unas veces los cambios han venido por puro crecimiento (creciendo en la rueda de la vida, o de mi profesión, como crecemos al pasar de primaria a secundaria y de ahí a la universidad o a nuestro primer trabajo), otras veces los cambios vinieron precedidos de algún episodio traumático (despido) pero que a la larga se mostraron como algo que me ayudó a crecer y que me permitieron vivir episodios maravillosos de mi vida; otros han sido por pura decisión personal, simplemente porque había que iniciar un nuevo ciclo pues el anterior ya estaba agotado.

A veces he retrasado el cierre de un ciclo por puro miedo, por falta de valentía; quizá por comodidad (que vuelve a encerrar el concepto del miedo).

El caso es que estoy seguro que se acerca un cambio de ciclo, quizá sea cerrar una etapa para que no vuelva o quizá sea cerrarla para volver a abrirla en otro momento de mi vida (como ha ocurrido con alguno de los ciclos ya vividos).

Y es curioso, porque cuanto más convencido estoy de ello más ferozmente aparece el miedo... y siento como mi mente se comporta como el padre de este cuento, que hoy comparto con vosotros, que me quiere enseñar las bondades de lo que tengo comparándolas con las supuestas "adversidades" que pueden aparecer... sin embargo lucho por acabar pareciéndome al niño, siendo capaz de encontrar en cosas más "sencillas" la verdadera esencia de mi vida (Compartir el conocimiento):

Fortunas del campo:
Cierta vez un acaudalado padre de familia llevó a su hijo a un viaje por el campo con el firme propósito de que este viera cuán pobres eran ciertas personas y comprendiera el valor de las cosas y lo afortunados que eran ellos.
Estuvieron un día y una noche en la granja de una familia campesina muy humilde.
Al concluir el viaje, ya de regreso en casa, le preguntó a su hijo:
- ¿Qué te pareció el viaje?
-¡Muy bonito, papá!
- ¿Viste qué tan pobre y necesitada puede ser la gente?
- Sí
- ¿Y qué aprendiste?
- Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina de 25 metros, ellos un riachuelo sin fin. Nosotros tenemos lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta el muro de la casa, el de ellos hasta el horizonte. Especialmente, papá, vi que ellos tienen tiempo para conversar y  convivir en familia. Tú y mi mamá deben trabajar todo tel tiempo y casi nunca los veo.
El padre se quedó mudo y el niño agregó:
- Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podríamos llegar a ser.





  
  
  

Comentarios (1) -

  • Esperándote estoy hermano, desde la parada de la incertidumbre llena de culos inquietos.

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