El poder autodestructivo de la ira



Ante determinadas situaciones de mi vida he llegado a la conclusión de que no hay juez más duro que uno mismo. Juzgamos y somos juzgados, muchas veces de forma despiadada, todos los días de nuestra vida.

Ante nuestros actos, sólo nosotros sabemos la verdadera intención con la que hacemos las cosas, y la intensidad y esfuerzo que ponemos en ellas; así cuando los resultados de nuestros actos no son los esperados muchas veces tratamos de evitar ser juzgados por los demás con cualquier tipo de excusa, normalmente externa, culpando a otros de lo que nos ocurre... con ello, a veces, logramos disminuir o incluso neutralizar las críticas externas.

Ocurre que, a veces, somos conscientes de que hemos hecho algo realmente mal, contrario a nuestros valores, y entonces da igual que seamos capaces de apaciguar lo que nos viene del exterior, el juez implacable, en forma de conciencia, no te deja tranquilo,

Para los que somos un poco perfeccionistas, nuestro juez interior es intransigente con nuestros actos, incluso nos juzgamos de forma más dura de lo que nadie de nuestro entorno se atrevería a manifestar; cuando llegas a ser consciente de que actúas así, aprendes a ser algo más condescendiente contigo mismo, aunque sigas siendo exigente.

Y así creía que eran las cosas, muchas veces he sido mi peor juez y he refrendado esta creencia, hasta que un día descubres que te conviertes en el peor juez juzgando a aquellos que han sido un modelo para tí, aquellos que te inculcaron valores y te enseñaron el camino "correcto", aquellos a quienes tienes como espejo en el que te gustaría verte reflejado, aquellos que ayudaron a construir tu mundo interno... un día hacen algo que crees pone en peligro tu estilo o forma de vida, incluso tu felicidad, y entonces eres implacable, ni siquiera cuando te juzgas a ti mismo llegas a ser tan duro, lo sometes a un juicio sumarísimo  en el que no hay lugar para la más mínima "imperfección" del acusado, has dictado sentencia, crees que tu mundo se derrumba por su acción, cuando en realidad tu mundo se derrumba porque ni tú mismo eres perfecto, y prefieres manifestar tu ira sobre otros porque es muy jodido aceptar lo que en realidad eres...

Desde ese momento, a menudo, entramos en un círculo vicioso, en el que deseamos el mal en aquel que "nos ha fallado", vivimos obsesionados con esperar su caída, su desgracia, nos corroe la ira...sin darnos cuenta que esa ira no desgasta a nuestro "enemigo" sino a nosotros mismos.

Me gusta esta cita, no recuerdo su autor, "Mientras tu piensas en tu enemigo, tu enemigo se está tomando una cerveza en un bar"

Y también me gusta este cuento, creo que anónimo, que hoy comparto con vosotros y que me recuerda como de destructiva puede ser nuestra ira hacia otros...

El saco de carbón

Un día, Jorgito entró a su casa dando patadas en el suelo y gritando muy molesto. Su padre, lo llamó. Jorgito, le siguió, diciendo en forma irritada:

– Papá, ¡Te juro que tengo mucha rabia! Pedrito no debió hacer lo que hizo conmigo. Por eso, le deseo todo el mal del mundo, ¡Tengo ganas de matarlo!

Su padre, un hombre simple, pero lleno de sabiduría, escuchaba con calma al hijo quien continuaba diciendo:

– Imagínate que el estúpido de Pedrito me humilló frente a mis amigos. ¡No acepto eso!..Me gustaría que él se enfermara para que no pudiera ir más a la escuela.

El padre siguió escuchando y se dirigió hacia una esquina del garaje de la casa, de donde tomó un saco lleno de carbón el cual llevó hasta el final del jardín y le propuso:

– ¿Ves aquella camisa blanca que está en el tendedero? Hazte la idea de que es Pedrito y cada pedazo de carbón que hay en esta bolsa es un mal pensamiento que va dirigido a él. Tírale todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Después yo regreso para ver como quedó.

El niño lo tomó como un juego y comenzó a lanzar los carbones pero como la tendedera estaba lejos, pocos de ellos acertaron la camisa.

Cuando, el padre regresó y le preguntó:

– Hijo ¿Qué tal te sientes?

– Cansado pero alegre. Acerté algunos pedazos de carbón a la camisa.

El padre tomó al niño de la mano y le dijo: – Ven conmigo quiero mostrarte algo.

Lo colocó frente a un espejo que le permite ver todo su cuerpo. ¡Qué susto! . Estaba todo negro y sólo se le veían los dientes y los ojos. En ese momento el padre dijo:

– Hijo, cómo pudiste observar la camisa quedó un poco sucia pero no es comparable a lo sucio que quedaste tú. El mal que deseamos a otros se nos devuelve y multiplica en nosotros. Por más que queremos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos y la suciedad siempre queda en nosotros mismos.


  
  
  

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