Las raíces y el tiempo


Ettore Messina es para mí un maestro, recuerdo que el objetivo con el que se incorporó al Real Madrid fue llevar al equipo a la Final Four de la Euroliga, en esos momentos el club llevaba 17 años sin conseguirlo.

Una de las características de Ettore entrenando era que cuando más cansado estaba el equipo más les exigía a nivel de concentración, quería que el jugador creciera aumentando cada día ese límite mental; solía decir... cuando las piernas ya casi no te responden, cuando el cansancio físico es casi insoportable, es la cabeza de la que debe mantenerse fresca para alcanzar el objetivo y seguir guiando tus actos y para eso hay que entrenarse o la cabeza se guiará por las señales del cuerpo; quería que sus jugadores se imaginaran jugando una final de Euroliga, que imaginaran un último minuto de una final igualada, en la que el cansancio estaría bien presente, probablemente en un entorno hostil, entonces les decía... será vuestra cabeza la que os guíe al triunfo... de los dos equipos, el que tenga mejor la cabeza, el que sepa mantener la concentración, será el que tenga más posibilidades de éxito.

Recuerdo comentar con él lo difícil que estaba siendo para algunos jugadores, entonces me dijo algo que, como siempre, no sólo sirve para el deporte sino también para la vida... "Un árbol con raíces fuertes puede resistir una tormenta muy violenta, pero ningún árbol es capaz de desarrollar esas raíces cuando la tormenta asoma en el horizonte"

Ettore abandonó el Real Madrid durante su segunda temporada, justo antes de que el equipo alcanzara la Final Four, creo que el mérito siempre es de los jugadores, sé que Ettore ya no estaba, pero estoy convencido que él fue el verdadero responsable de que se llegara a esa Final Four. Lele Molin y yo aprovechamos su inercia para clasificarnos.

Recuerdo que le pedí a Ettore un ejemplar de uno de los libros que ha escrito ("Basket" de la editorial Zanichelli) mientras todavía trabajábamos juntos, parte de la dedicatoria que escribió decía lo siguiente "quizá un día ganaremos juntos"... no gané ningún título con él en el Real Madrid, pero siempre le recuerdo que yo si gané con él, gané un maestro, gané un amigo y gané unas enseñanzas que jamás olvidaré.

Gracias Ettore.

La fuerza de la humildad

Todos los que entrenamos a equipos, creo que hemos pasado alguna vez por la situación de afrontar un partido en el que sientes que tus jugadores menosprecian al rival... y si no lo hemos vivido en nuestras carnes seguro que lo hemos visto en alguno de los equipos a los que seguimos; también me ha ocurrido que han/hemos menospreciado al rival tras derrotarlo. Suelo contar este cuento a los equipos a los que entreno, no sólo para respetar al rival antes del partido sino también para hacerlo una vez acabado el mismo (no sé cual de los dos es más importante).

Un hombre débil

"Cuando pasaba por delante de un elegante palacete en el centro de Bagdad, Nasrudín se percató de que en su interior se estaba celebrando una fiesta. Atraído por el olor de la cabra asada, se metió en la casa pasando por entre los guardias y se sentó a la mesa. Después de la comilona, el anfitrión pidió silencio.

- Amigos - dijo -, os he invitado aquí para celebrar mis últimas y grandes victorias. Como sabéis, he sido el campeón de lucha de esta ciudad durante algún tiempo. Pero ahora, tras haber derrotado a mis competidores en otras ciudades, ¡Soy campeón de todo el país!

Los comensales aclamaron a su anfitrión. Sólo Nasrudín permaneció en silencio, lo que enfureció al luchador:

- ¿No te impresiona que haya pulverizado a mis enemigos y tirado al suelo a los mejores luchadores que esta tierra puede ofrecer? - preguntó.

- Depende - contestó el mulá -. Esos hombres, ¿Eran más débiles que tú?

- ¡Por supuesto! - se jactó rimbombante el deportista -. Eran tan débiles como moscas... tan insignificantes como las más diminutas hormigas.

- ¿Y qué mérito hay en derrotar a un hombre más débil?"

Iluminación paterna



Entrenaba aquel año al Cadete "B" de Estudiantes (generación del 82), acabábamos de perder un partido que habíamos disputado en La Nevera (campo de entrenamiento de los equipos de cantera de Estudiantes); recuerdo que, tras esperar a que los jugadores terminaran sus ejercicios de estiramiento y vuelta a la calma, me quedé a charlar con los padres

Mientras nosotros hablábamos, varios jugadores estaban realizando algunos tiros al tiempo que otros iban saliendo del vestuario ya duchados, el caso es que recuerdo hacer el siguiente comentario: " Los jugadores de hoy ya no son tan competitivos como antes ", imagino que lo hice para justificar la derrota, aunque no recuerdo bien el motivo, tampoco importa mucho.

Recuerdo que en ese momento un padre me apartó educadamente del grupo y me hizo la siguiente reflexión:
"Mira Jota, estos tres (señaló uno a uno a tres compañeros de su hijo) y mi hijo son amigos desde que tenían 4 años, desde entonces van al colegio juntos, juegan y se divierten juntos... sus padres y nosotros somos también amigos desde entonces, y te puedo decir que desde que tenían 4 años compiten hasta para ver quien mea más lejos, así que no vuelvas a decirme que estos tíos no son competitivos"

Aquella frase me hizo pensar mucho, desde entonces cada vez que tengo la tentación de comparar generaciones me viene a la mente una competición por ver quien mea más largo. =)

El pequeño saltamontes...



Verano de 2007, estábamos en Chartres, preciosa ciudad de la campiña francesa a unos 80 km de París, recuerdo que estábamos entrenando para preparar uno de los 3 partidos amistosos que disputaríamos frente a la Selección Nacional de Francia; en un lance, durante el entrenamiento, un jugador se acercó a otro para aconsejarle sobre un detalle táctico, éste no se lo tomó muy bien y mandó a freír espárragos al primero; mi ayudante (Manolito Aller) y yo presenciábamos la escena desde medio campo; al poco tiempo el jugador "aleccionado" se acercó al lugar que ocupábamos para preguntarnos sobre la situación táctica motivo del incidente, en ese momento me vino a la mente el siguiente cuento y lo compartí con él (como hoy hago con vosotros)
Los dos viajeros
"Eran dos viajeros, uno del norte y otro del sur, que se encontraron casualmente en un sendero, por lo que decidieron continuar juntos un buen trecho del camino. Uno era joven y el otro entrado en años. El mayor preguntó:
-¿A dónde te diriges?
- Voy en busca de un verdadero maestro. He viajado por muchos países con la esperanza de hallar un auténtico maestro espiritual.
-¿Y que harás si lo encuentras?
- Sería el momento más dichoso de mi vida y, si fuera necesario, me arrojaría a sus pies para suplicarle que me diera instrucción espiritual. Encontrar una persona así en este mundo es un raro acontecimiento.
Pasaron varias jornadas y una mañana el hombre mayor dijo:
- Ha llegado el momento de separarnos. Cada uno debe seguir su camino respectivo.
- ¿A dónde irás?- preguntó el joven.
- Continuaré con mi larga búsqueda - repuso el hombre mayor.
- ¿Qué búsqueda?
- La de un auténtico discípulo. Hallar una persona así en el mundo es un raro acontecimiento. Es muy extraño que alguien sea capaz de reconocer a un verdadero maestro.
Y entonces el joven vio como ese verdadero maestro se perdía en la inmensidad del horizonte"

Por la noche, al terminar de cenar, el jugador se acercó a mí y me dijo, " Jota, en el cuento... ¿El maestro era mi compañero verdad? "... intuyo que la sonrisa en mi cara fue la contestación que necesitaba.

El ciempiés bailarín


Este es un cuento que me ha hecho reflexionar mucho sobre como tratar el talento innato de algunos jugadores, especialmente en algún caso en el que el implicado ha empezado a dudar de sus habilidades..."Déjalo fluir"

"Había una vez un ciempiés que era un gran bailarín. Cuando bailaba, todos los animales se reunían para admirarlo porque su habilidad era impresionante. Pero había uno de los animales al que no le gustaba que el ciempiés bailase. Era el sapo.
El sapo envidiaba al ciempiés. Así que pensó que podía hacer para que este dejara de bailar y evidentemente no generara tanta admiración. Una posibilidad habría sido decirle al ciempiés que no le gustaba su danza o que el bailaba mucho mejor. Pero nada de esto era cierto. Así que invirtió su energía en preparar un plan diabólico. Después de pensar la mejor estrategia para conseguirlo, mandó la siguiente carta al ciempiés.
"Ah, incomparable ciempiés. Soy un gran admirador de tu danza refinada. Me gustaría que me enseñaras a bailar. ¡Levantas primero el pie izquierdo número 28 y a continuación el pie derecho número 91?¿O empiezas levantando el pie izquierdo número 17 antes de levantar el derecho número 91? Espero impaciente tu respuesta. Te saluda, atentamente, el Sapo."
Cuando el ciempiés leyó la carta, empezó a pensar qué era lo que hacía exactamente cuándo bailaba. ¿Qué pierna levantaba primero? ¿Cuál después?
¿Y qué creéis que sucedió? Pues que el ciempiés no volvió a bailar jamás porque esto es exactamente lo que pasa cuando la imaginación y la espontaneidad son ahogadas por la racionalización y el exceso de control."