Lo que nos cuenta la física


Resolvemos problemas condicionados por nuestro conocimiento.

Decía Maslow "Cuando la única herramienta que tienes es un martillo, todo problema comienza a parecerse a un clavo", cita que probablemente proviene de una anterior de Abraham Kaplan "Si le das a un niño un martillo, le parecerá que todo lo que encuentra necesita un golpe".

Es por ello que, probablemente, tratamos de dotar a nuestros "alumnos" de un buen número de herramientas, entre las que deberán elegir aquella que mejor se adapte a la resolución del problema.

El problema para el "profesor", ahora, es que él ya tiene en su mente la utilidad de cada herramienta que enseña...y es así que solemos enseñar al mismo tiempo la herramienta y su utilidad o utilidades; resulta, además, que todos, a un mismo nivel, solemos enseñar las mismas herramientas, con lo que la mayoría solemos abordar la resolución de un problema desde un prisma parecido a aquellos que nos rodean (hemos sido enseñados en serie).

Esto siempre me ha hecho pensar que mis "alumnos" (jugadores) serán tan buenos o tan malos como bueno o malo sea aquello que les enseño, y el gran reto debiera ser que fueran mejores que aquello que les enseño.

Richard Feynman, uno de los mejores físicos de la historia y premio Nobel en 1965, se hizo famoso por acudir al departamento de matemáticas de distintas escuelas y resolver problemas matemáticos que ningún alumno brillante de doctorado era capaz de resolver... y ¿qué hacía que él pudiera resolverlos? pues él mismo cuenta que se debía a una forma muy particular de afrontar los problemas, nacida de una forma peculiar de aprender Cálculo Infinitesimal, fue autodidacta usando como referencia un único libro que una profesora le había dado años antes (no aprendió con los libros ni las metodologías del resto), esto le permitía ver los problemas de formas muy distintas a aquellas que seguían los que habían aprendido de forma tradicional.

Decía Einstein que "en tiempos de crisis más importante que el conocimiento es la imaginación", imaginación que usó para enunciar la teoría de la relatividad y que rompía todos los esquemas mentales que había hasta ese momento, hasta el punto que su teoría se pudo demostrar por los múltiples experimentos que se hacían para demostrar que era falsa y que daban como resultado la veracidad de lo enunciado para asombro de quienes llevaban el experimento a cabo.

Mi gran reto, y quizá el reto de todos los que enseñamos, sea ser capaces de enseñar a aprender y dejar el suficiente espacio y tiempo al "alumno" para que pueda desarrollar su talento natural más allá de enseñarle aquellas herramientas y las utilidades que conocemos de éstas (que también).

Cuando me pongo a filosofar sobre como debiera ser la enseñanza me suelo acordar (esta vez no es un cuento) de una anécdota que solía contar el premio Nobel de Química en 1908 Sir Ernest Rutherford en la que el protagonista era el físico Niels Bohr, premio Nobel de Fisica en 1922, que fue el primero en proponer un modelo de átomo con protones, neutrones y electrones,  mientras era estudiante.

El examen de Física:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada.

Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro (instrumento para medir la presión atmosférica - aclaración mía para quien no esté puesto en física).

El estudiante había respondido: 
"Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga.Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio."

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la fórmula altura = 1/2 x Aceleración x  t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.

En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.
Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo: tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?
Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir la altura de un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te situás en las escaleras del edificio, en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precisión.

En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del portero Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.


Nota: No sé si seré capaz de enseñar a aprender, si sé que yo sigo aprendiendo a enseñar.


Arreglar el mundo



Muchas son las veces en las que nos gustaría cambiar el mundo y los motivos para hacerlo múltiples; sin embargo cuando queremos cambiar algo sentimos una gran sensación de impotencia al percatarnos del poco impacto que nuestras acciones pueden tener en un entorno global, y muchas veces desistimos de cualquier acción antes siquiera de empezar con ella... aún así, algunos se ponen en marcha y actúan, entienden que todo gran viaje empieza con un primer paso... decía Ghandi "Sé tú el cambio que quieres ver reflejado en el mundo".

Cuando el cambio que desearíamos ver es mucho más humilde y en lugar de un cambio universal nos conformamos con un cambio en nuestro entorno más cercano (familia, amigos, equipo, colaboradores...) entonces nos sentimos mucho más seguros de poder afrontarlo, en este caso el problema a veces surge por la disonancia que hay entre aquello que queremos "enseñar" o "cambiar" y nuestro propio comportamiento; recuerdo situaciones en las que alguien ha entrado en un vestuario, en el descanso de un partido, gritando, pateando la papelera, dando un portazo, golpeando la pizarra, etc... para acto seguido pedir calma a los jugadores!!! (No es lo que decimos, es lo que hacemos); en otras ocasiones nos encontramos aconsejando sobre actitudes que nosotros no nos aplicamos a nosotros mismos, seguro que os vienen a la cabeza unas cuantas situaciones de estas... reflejadas en el famoso refrán "consejos vendo que para mí no tengo".

Y como siempre hay un cuento que me recuerda todo esto, en este caso de Gabriel García Márquez:

"Arreglar el mundo"

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba sus días en su laboratorio en busca de respuesta para sus dudas.

Cierto día, su hijo de seis años invadió su santuario, decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiera entretenerlo. De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras, recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo:

– Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin la ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente:

– Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido componer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?¿Cómo el niño había sido capaz?

– Hijito, tu no sabías cómo era el mundo, cómo lo lograste?

– Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura del hombre. Así, que di vuelta a los recortes, y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.

Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.



Necesitados de apoyo



Los seres humanos somos seres sociales, necesitamos de la compañía y la colaboración de los demás para poder subsistir. 

Es evidente el beneficio que tiene poder rodearte de otras personas que complementen tus conocimientos en aquellas materias que te son necesarias para conseguir un fin, ya sea mejorar un equipo de baloncesto, fabricar un nuevo producto, afrontar una negociación, etc... Es la magnitud del proyecto y nuestro conocimiento la que determinará la necesidad o no de poder afrontar un reto en solitario o si será necesario la colaboración de muchos.

Algunos a veces somos demasiado presuntuosos y creemos tener el conocimiento necesario para afrontar proyectos que en realidad es mucho mejor llevar a cabo en equipo.

Sin embargo hay pequeños proyectos, o pasos pequeños dentro de proyectos más grandes, para los que uno puede estar perfectamente preparado, pero nos resulta muy difícil hacerlo sin contar con alguien al lado. En estos casos, esa compañía sólo calma nuestra necesidad de sabernos acompañados, eso nos da seguridad, aunque lo que nos pueda aportar a nivel de conocimiento haya dejado de ser importante; lo que se ha convertido en importante es la compañía, el no sentirnos sólos.

Esta sensación seguro que la hemos tenido todos en algún momento de nuestras vidas, ya sea a nivel personal o a nivel profesional, se me ocurre el momento en que aprendemos a conducir, tras unas clases prácticas estamos preparados para tomar el control sin nadie al lado, pero nos da miedo el primer día que el profesor ya no está a nuestro lado para pisar el freno o avisarnos de un peligro que no hemos visto en el retrovisor, nos sentimos seguros con él al lado, necesitamos su compañía, aunque él mismo nos haya avisado hace ya 10 clases que estamos preparados para ir al examen y conducir por nosotros mismos.

A veces ocurre que más importante que el conocimiento es la ilusión con la que alguien te presta esa ayuda, y todavía más importante es saber reconocer que alguien te ha ayudado sin que él fuera consciente de que lo estaba haciendo.

Y hay un cuento, para mí maravilloso, que como todo cuento puede tener múltiples lecturas pero que a mí me gusta relacionarlo con lo que acabo de contar.

¿Quién guía a quién?

Aquel año el invierno neoyorquino se extendió lánguidamente hasta finales de abril. Como vivía sola y era ciega, tendía a permanecer en casa gran parte del tiempo. 

Por fin, un día el frío desapareció y entró la primavera, llenando el aire con una fragancia penetrante y alborozadora . Por la ventana de atrás, un alegre pajarito gorjeaba con persistencia, invitándome a salir. 

Consciente de lo caprichoso que es abril, me aferré a mi abrigo de invierno pero, como una concesión al cambio de temperatura, dejé mi bufanda de lana, mi sombrero y mis guantes. Tomando mi bastón de tres picos salí alegremente al pórtico que lleva directamente a la calle. Levanté la cara hacia el sol, dándole una sonrisa de bienvenida en reconocimiento por su calidez y su promesa. 

Mientras caminaba por la calle cerrada donde vivo , mi vecino me saludó con un "hola" musical y preguntó si deseaba que me condujera a alguna parte. "No, gracias" respondí. " Mis piernas han estado descansando todo el invierno y mis articulaciones necesitan desesperadamente de ejercicio, así que iré caminando". 

Al llegar a la esquina aguardé, como era mi costumbre, a que alguna persona me permitiera atravesar con ella la calle cuando el semáforo estuviera en verde. 

El sonido del tráfico me pareció un poco más largo que de costumbre, y sin embargo, nadie se ofreció a ayudarme. 

Permanecí allí pacientemente y comencé a canturrear una melodía que recordaba. Era una canción de bienvenida a la primavera que había aprendido de niña en la escuela. 

De repente, una voz masculina, fuerte y bien modulada, me habló : 

"Parece un ser humano muy alegre", dijo. "¿Me daría el placer de acompañarla al otro lado de la calle?". 

Adulada por tanta caballerosidad, asentí sonriendo, musitando un "sí" apenas inteligible. 

Con amabilidad me rodeó el brazo con su mano y bajamos de la acera. Mientras avanzábamos lentamente, habló del tema más obvio -el clima- y qué bueno era estar vivo en un día como aquel. 

Caminábamos al mismo paso y era difícil saber quién conducía a quién. 

Apenas habíamos llegado al otro lado cuando una y otra vez comenzaron a escucharse las impacientes bocinas; seguramente había cambiado el semáforo. 

Dimos algunos pasos más para alejarnos de la esquina. 

Me volví hacia él para agradecer su ayuda y su compañía. Antes de que hubiera pronunciado una palabra, me habló: 

"No sé si sabe", dijo, "qué grato es encontrar a alguien tan alegre como usted que acompañe a un ciego como yo a atravesar la calle". 

Aquel día de primavera ha permanecido en mi memoria por siempre. 


Ojalá siempre podamos rodearnos de aquellos que nos hacen mejores y también de aquellos cuya simple compañía nos hace sentir que podemos conseguir lo que queramos.


Mío



Hace mucho tiempo alguien me dijo que una de las primeras palabras que aprende a decir un bebé (después de papá y/o mamá) es "mío"... es curioso como el sentimiento de propiedad florece temprano en el ser humano. Muchas veces ese sentimiento de propiedad conduce a la "necesidad" de acumular bienes y riqueza, es lo que llamamos codicia.

Y es curioso, el sentimiento de propiedad no se detiene en aquello que nos regalan o que compramos, ocurre que empezamos a sentirnos propietarios de aquello que usamos habitualmente, si la empresa nos "cede" un auto para nuestro trabajo pasamos a creernos propietarios de ese auto, renunciar al mismo más tarde es como perder algo que de verdad es de nuestra posesión... y ocurre que a veces nos sentimos propietarios de las personas, como si el compartir mucho tiempo con una persona nos convierta automáticamente en su dueño, como si el haber enseñado algo a alguien nos convierta en su propietario.

Soy un "geek" (pirado por las nuevas tecnologías y la informática), hasta el punto que aprendí a programar de forma autodidacta, leyendo unos pocos libros y "escacharrando" ordenadores y componentes electrónicos... y un día ví un discurso de Eduard Punset contestando a la entonces ministra de Cultura Ángeles González Sinde, ante una nueva ley que trataba de regular internet... os transcribo aquí sus palabras:

"Las redes sociales son importantísimas, y en esto ministra déjame que te diga un presentimiento que ahora tengo, que es fantástico que tengáis ganas de mirar en profundidad este tema, es un tema que va a crecer de una manera "implicada", por citar sólo un ejemplo hoy en Europa la publicidad digital representa ya un 40% del total, en España, desgraciadamente sólo representa el 12%, cuál es la tentación que podéis tener... estas ansias de impulsarla creará en algunos de vosotros la tentación de controlarlo, y hemos controlado o intentado controlar primero a las mujeres hasta que nos dimos cuenta que no eran propiedad nuestra, luego los hijos, el otro día en la rambla paré a una persona que estaba abofeteando y dando patadas a su hijo y le dije ¡Oye, no es tuyo!, no le trates así, y es verdad que no es suyo, y nos pasa lo mismo con los animales, yo espero que no nos pase lo mismo con internet...muchísimas gracias por vuestra atención"

Y hace poco encontré este bello poema de Khalil Gibran (filósofo libanés) que ahondó todavía más en esta percepción de que no somos propietarios, ni siquiera, de nuestros hijos... ¿Cómo íbamos a serlo entonces de nuestros empleados o jugadores?

Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida,
deseosa de sí misma.

No vienen de ti,
sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos,
pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas,
porque ellos
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar,
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerles semejantes a ti,
porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas,
son lanzados.
Deja que la inclinación,
en tu mano de arquero,
sea para la felicidad.

Lo que sí que es MÍO es el placer de compartir experiencias con vosotros!!!


La suerte



A lo largo de  la vida van sucediendo acontecimientos que, en el mismo momento en que acontecen, catalogamos como de buena o mala suerte, y es curioso ver como sucesos que tildamos como de buena suerte acabaron convirtiéndose en una pesadilla y como otros que tildamos como de mala suerte acabaron siendo una bendición en nuestro camino.

Algunos dicen que las cosas siempre pasan  por algo, y no me refiero a las premisas para que algo suceda, me refiero a que entienden que cuando algo te pasa es por algo que está por venir... yo, sinceramente, no creo que sea así; las cosas pasan ¡Punto!,  y lo que vivimos hoy está condicionado por las reacciones que tuvimos ante aquello que nos iba sucediendo, lo que vivimos hoy no es el resultado de algo que pasó y que estaba predestinado a hacernos vivir algo concreto... como decía Steve Jobs (discurso de graduación promoción 2005 Universidad de Stanford) no podemos unir los puntos a futuro, los puntos sólo tienen sentido cuando se unen mirando al pasado.

Y hay un cuento que viene a reflejar estas situaciones que concebimos como de mala o buena suerte en el momento en el que ocurren, que me recuerda que el hecho de que sean de verdad buena o mala suerte no dependen de los hechos en sí sino de lo que suceda después y de cómo unamos los puntos mirando al pasado.

Buena suerte, mala suerte:

Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huído al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. 

Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: 

¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Y me preguntaréis si creo o no en la suerte... y para contestar me remito a una cita (creo que de Winston Churchill) que venía a decir algo así: "Claro que creo en la suerte, si no creyera en la suerte...¿Cómo iba a poder explicar el éxito de los que no piensan como yo?"

¡¡¡Buena suerte a todos!!!