Decisiones



Una vez leí una frase que me gustó mucho "¿Tomas algo para ser feliz? Sí, decisiones"

Decía Steven Covey "No soy producto de mis circunstancias, soy producto de mis decisiones", pero qué difícil es aprender a tomar decisiones...siempre pendientes de si acertaremos o no, en una sociedad que se mofa del "fracaso".

Siempre he pensado que creyendo ser libres, en realidad no lo somos tanto. Desde pequeños las decisiones nos vienen impuestas (imagino que con toda la buena voluntad), a los pocos años te meten en una guardería o jardín de infancia, luego al cole, dónde el objetivo obvio de cada año era pasar de curso, cuando estaba en EGB, el objetivo era llegar a BUP, de BUP llegar a COU, pasado COU elegir una carrera... a los 18 años me encontré con la primera gran decisión de mi vida, y encima no estaba preparado para ella... Joder!!! tras pasar 18 años por el sistema educativo todavía no había aprendido a tomar decisiones importantes... vale igual he sido un inmaduro toda mi vida!!!

Tras desechar la opción de ser piloto (el gran sueño de mi vida) por ser daltónico, elegí ser Ingeniero Agrónomo, pero ya no perseguía un sueño.

En la ingeniería me enseñaron a valorar y ponderar opciones para escoger la mejor alternativa (desde un punto de vista racional, buscando el mayor rendimiento productivo y económico), pero nadie me enseñó que no sólo somos seres racionales, que también somos seres emocionales, nadie me enseñó cuándo hacer caso a la razón y cuándo al corazón, nadie me enseñó (hasta ahora) a escuchar los mensajes que mi cuerpo me manda constantemente, nadie me enseñó a escucharme de verdad... si escuchar a otros es ya jodido, escucharte a ti mismo es casi un milagro... decía Lytos "Algunos se pasan la vida buscando algo que piensan sin darse la oportunidad a DESCUBRIR algo que SIENTEN"

Alguien dijo "Si no tomas decisiones, alguien más las tomará por ti y no pensará tanto en tu felicidad como tú mismo" y he descubierto las consecuencias de la afirmación anterior, he descubierto que ante una misma circunstancia (a priori desagradable) la diferencia entre sentirte bien o mal viene determinada por si llegaste a ella empujado por otros, que eligieron por tí, o tomando tus propias decisiones.

Después, encima, hay decisiones en las que hagas lo que hagas pierdes, escuché una vez "Es imposible ganar algo sin perder otras cosas. Lo que debes procurar siempre es que ganes lo que ganes jamás seas tú el que se pierda"

Y hay un cuento que me recuerda que no siempre son las motivaciones de la razón las más importantes, y cómo de importante es saber vivir con la decisión elegida:

El cruce del río

Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. 

Era joven y atractiva. 

- ¿Que te sucede? - le preguntó el más anciano. 

- Mi madre se muere. Ella está sóla en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. 

Lo intenté - siguió la joven - pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda… pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora… ahora que aparecísteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar… 

- Ójala pudiéramos - se lamentó el más joven. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso esta prohibido… lo siento. 

- Yo también lo siento- dijo la mujer y siguió llorando. 

El monje más viejo se arrodilló, bajo la cabeza y dijo: 

- Sube. 

La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito con ropa y montó a horcajadas sobre el monje.

Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven. 
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de besar las manos del anciano monje. 

- Está bien, está bien- dijo el viejo retirando las manos, sigue tu camino. 
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió por el camino del pueblo. 

Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio… 
Faltaban aún diez horas de caminata. 
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano: 

- Maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de castidad. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río. 

- Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre los hombros? 




Seguir aprendiendo



Es curioso esto del conocimiento, cuanto más aprendo más ganas tengo de aprender. A mí me encantaría ser de profesión "aprendedor". El conocimiento humano es tan vasto que la cita de Einstein sobre la ignorancia está llena de sabiduría "Todos somos ignorantes, lo que pasa es que no todos ignoramos las mismas cosas".

Leí hace poco que si sabes un 1% más que la media, para esa media ya eres un experto, siendo ésto probablemente cierto, el problema viene cuando tú crees que porque sabes un poco más que algunos ya no hace falta que aprendas más, cuando crees, incluso, saberlo todo sobre un tema en concreto.

El conocimiento, en determinadas áreas, avanza tan rápido que mantenerse actualizado es una tarea casi imposible. Saberlo, sin embargo, no debería paralizarnos y estancarnos en un conocimiento dado... decía Eric Hoffer "En tiempos de cambio, quienes estén abiertos al aprendizaje se adueñarán del futuro, mientras que aquellos que creen saberlo todo estarán bien equipados para un mundo que ya no existe"

En mi caso, no sé si este afán por seguir aprendiendo es un afán de superación o una simple forma de procrastinación, ya que las dudas sobre mi verdadero conocimiento hacen que posponga una y otra vez el lanzamiento de proyectos que llevan en mi mente ya demasiado tiempo; y es verdad que no hay "verdadero" aprendizaje sin acción, que no debemos dejarnos llevar por "la parálisis por el análisis", y que siempre hay algo que aportar a aquellos, que en un área determinada, ignoran cosas que tu conoces.

Me he dedicado a formar entrenadores de baloncesto desde hace muchos años, me encanta ayudar a alguien a crecer, me encanta compartir mis experiencias y que alguien pueda aprender algo de ellas, lo mismo que me encanta aprender de las experiencias que los demás comparten conmigo... es por ello que, aunque no tengamos mucho tiempo para dedicarle a nuestra formación continua, abandonarla no es, en mi opinión, buena idea.

Y hay un cuento que me recuerda la importancia de seguir formándonos independientemente del nivel de nuestros conocimientos.

Afilar el hacha

En cierta ocasión, un joven llegó a un campo de leñadores con el propósito de obtener trabajo. Habló con el responsable y éste, al ver el aspecto y la fortaleza de aquel joven, lo aceptó sin pensárselo y le dijo que podía empezar al día siguiente.

Durante su primer día en la montaña trabajó duramente y cortó muchos árboles.

El segundo día trabajó tanto como el primero, pero su producción fue escasamente la mitad del primer día.

El tercer día se propuso mejorar su producción. Desde el primer momento golpeaba el hacha con toda su furia contra los árboles. Aun así, los resultados fueron nulos.

Cuando el leñador jefe se dio cuenta del escaso rendimiento del joven leñador, le preguntó:

-¿Cuándo fue la última vez que afilaste tu hacha?

El joven respondió:

- Realmente no he tenido tiempo...He estado demasiado ocupado cortando árboles.










Gracias Baskonia



Hace unos siete meses recibía la llamada de Ibon Navarro para que le acompañara en su etapa como entrenador del Baskonia, no tardé mucho en decidirme y me incorporé a la estructura técnica del club, como entrenador ayudante, a finales de noviembre.

Hoy he comunicado al club que no seguiré la temporada que viene, es una decisión personal, ha llegado el momento de afrontar nuevos retos, tanto en lo profesional como en lo personal.

Quiero agradecer a la afición los mensajes de ánimo en los momentos duros, incluso las críticas que nos han hecho crecer, pero sobre todo su cercanía y su apoyo en la cancha.

Quiero agradecer, tambien, a todas las personas del club el trato que he recibido, desde el presidente Josean Querejeta, hasta todas las personas de la oficina, agradecerles que hayan convertido esta experiencia en algo tremendamente positvo para mi crecimiento como profesional y como persona.

Gracias a Oskar Bilbao, preparador fisico, un grandísimo profesional, con el que he podido aprender un poco más de mi tierra, sin duda alguien con quien he disfrutado charlando de la vida en general (más allá de lo meramente profesional).

Gracias a Alberto Fernández, el doc (médico), por estar cerca cuando le he necesitado.

Gracias a Asier Ugarte, fisioterapeuta, por los buenos ratos que hemos compartido... "gracias por venir" ;)

Gracias a Santi Matilla, encargado de material, por la ayuda que me has prestado cuando lo he necesitado, siempre disponible para ayudarme.

Gracias a Ohiane Domaika, prensa, por su trato cercano y por aguantarme, que no es poco.

Gracias a Félix Fernández, director deportivo, por su trato cercano, especialmente en los momentos delicados que viví en Milán, hay detalles que nunca se olvidan (Chapeau).

Gracias a David Gil, entrenador ayudante, me he encontrado con un gran profesional y con una persona especial, con grandes conocimientos de baloncesto y con grandes inquietudes por el conocimiento del ser humano... he podido disfrutar de conversaciones muy enriquecedoras en las que he podido disfrutar de su especial sensibilidad por los valores que se inculcan a través del baloncesto, especialmente en los más jóvenes.

Gracias a David Urbano, fisioterapeuta, un crack, confidente en los buenos y en los malos momentos, un compañero con el que reir y un hombro en el que llorar, me llevo una amistad para toda la vida. Gratos recuerdos en su compañía.

Gracias a Imanol Tellería, delegado, el benjamín del grupo, llegamos casi al mismo tiempo al equipo, un tipo genial, pendiente de todo y siempre (vale!!! casi siempre!!!) con una sonrisa, cercano, amable, un tío al que ha merecido la pena conocer de cerca. El "cascarrabias" no te olvidará.

Gracias a todos los jugadores con los que he compartido vestuario en el Buesa Arena, de todos me llevo algo aprendido.

Y especialmente gracias a Ibon Navarropedazo de entrenador, enamorado de su trabajo, trabajador incansable, analítico con el detalle, de trato cercano sin perder el carácter, grandísimo comunicador (de lo mejor que he conocido)... en lo personal un tipo cariñoso, sincero, amable, atento, con sentido del humor... un señor de los pies a la cabeza. He aprendido un montón de él... "El Cuspi" te llevará siempre en su corazón.

No es un adios, es un ¡Hasta luego!

¡¡¡ GRACIAS BASKONIA !!!

Nota: Con las prisas siempre te dejas a alguien, espero no se moleste o que esta nota lo soslaye... Gracias Alfredo Salazar e Iñaki Iriarte, conversar con vosotros es hacerlo con dos maestros.


La rutina


Según la RAE (en una de sus acepciones) la rutina es: “hábito adquirido de hacer las cosas sin pensarlas”, curiosamente hay rutinas no solamente beneficiosas sino, además, necesarias; el cerebro necesita de esas rutinas para poder realizar determinadas tareas en “piloto automático”, y así poder dedicar su parte consciente a otras que nos son necesarias.

Muchas veces comenzamos a hacer algo porque nos gusta y nos atrae, repetimos esa actividad de forma periódica y disfrutamos de ella, nos sentimos bien realizándola, y mientras nos hace sentir así tendemos a repetirla para recibir nuestra dosis de bienestar.

Sin embargo a veces ocurre, que sin saber muy bien por qué, esa rutina que antes nos gratificaba ahora comienza a aburrirnos, la repetición que antes nos apasionaba comienza a convertirse en desidia, en ocasiones recuperamos la ilusión sin más que cambiar el punto de vista desde el que ejecutamos la acción, empiezas a fijarte en tu actividad desde ángulos desde los que antes no te atrevías a mirar, buscas detalles que antes habían pasado desapercibidos y eso es suficiente para recuperar la ilusión que antes brotaba sin necesidad de buscarla; también puedes introducir pequeñas subrutinas que te hagan sentir mejor, incluso ¿por qué no? Cambiar la rutina por otra en el mismo ámbito que te proporciona placer pero que no se parezca a la anterior. Otras veces, lamentablemente, la desidia pasa a convertirse en hastío, ni siquiera los cambios de visión ayudan a deshacerte de esa sensación de cansancio y aburrimiento que nos provoca la repetición continuada… y entonces llegamos a lo que solemos entender por RUTINA.

Le dijo el aprendiz al maestro:
¿Qué es la RUTINA?
Y sonriendo compasivamente, como siempre, le dijo:
La rutina es la llave para dejar de saborear la vida…
Tira la llave que cierra mentes…
Y abre la mente que reconoce las llaves…
Y podrás saborear cada instante de tu vida.

Decía Paulo Coelho “Si crees que la aventura es peligrosa prueba con la rutina, es mortal”

Entonces llega el momento de decidir, a veces una simple pausa temporal hace que recuperes las ganas de volver a tu “rutina”, aquella que te satisfacía.


También existen las RUTINAS que “no” podemos controlar, son acciones que desde el primer momento sabes que no te gustan pero las aceptas en aras de la rutina que te satisface, puede ser satisfacer una tarea indeseada para ti que te permite realizar la tarea que de verdad disfrutas, puede ser aceptar comportamientos que te molestan de quienes te rodean para poder seguir con tu tarea; y el problema de estas rutinas es que pueden llegar a convertirse en algo asumido sin más, pasan a formar parte de nuestro paisaje, nos molestan, pero dejamos de prestarles atención… y entonces quizás, sólo quizás, son las responsables de caer en la RUTINA.

Y hay un cuento de Mario Benedetti que me recuerda que a veces vivimos RUTINAS que quizás no deberíamos ni soportar ni aceptar, aunque, lamentablemente, no siempre está en nuestra mano poder evitarlas:

Rutinas
A mediados de 1974 explotaban en Buenos Aires diez o doce bombas por la noche. De distinto signo, pero explotaban. Despertarse a las dos o las tres de la madrugada con varios estruendos en cadena, era casi una costumbre. Hasta los niños se hacían a esa rutina.
Un amigo porteño empezó a tomar conciencia de esa adaptación a partir de una noche en que hubo una fuerte explosión en las cercanías de su apartamento, y su hijo, de apenas cinco años, se despertó sobresaltado.
"¿Qué fue eso?", preguntó. Mi amigo lo tomó en brazos, lo acarició para tranquilizarlo, pero, conforme a sus principios educativos, le dijo la verdad: "Fue una bomba". "¡Qué suerte!", dijo el niño. "Yo creí que era un trueno".

Nota: Ayer escuchaba a Dani Martín, en una entrevista con Risto Mejide (El rincón de pensar) decir que para él el éxito es “Estar haciendo lo que realmente te apetece hacer en cada momento”, a ello le añado, la felicidad es poder tener en tus manos la decisión de qué es lo que quieres hacer y cómo lo quieres hacer.


El poder autodestructivo de la ira



Ante determinadas situaciones de mi vida he llegado a la conclusión de que no hay juez más duro que uno mismo. Juzgamos y somos juzgados, muchas veces de forma despiadada, todos los días de nuestra vida.

Ante nuestros actos, sólo nosotros sabemos la verdadera intención con la que hacemos las cosas, y la intensidad y esfuerzo que ponemos en ellas; así cuando los resultados de nuestros actos no son los esperados muchas veces tratamos de evitar ser juzgados por los demás con cualquier tipo de excusa, normalmente externa, culpando a otros de lo que nos ocurre... con ello, a veces, logramos disminuir o incluso neutralizar las críticas externas.

Ocurre que, a veces, somos conscientes de que hemos hecho algo realmente mal, contrario a nuestros valores, y entonces da igual que seamos capaces de apaciguar lo que nos viene del exterior, el juez implacable, en forma de conciencia, no te deja tranquilo,

Para los que somos un poco perfeccionistas, nuestro juez interior es intransigente con nuestros actos, incluso nos juzgamos de forma más dura de lo que nadie de nuestro entorno se atrevería a manifestar; cuando llegas a ser consciente de que actúas así, aprendes a ser algo más condescendiente contigo mismo, aunque sigas siendo exigente.

Y así creía que eran las cosas, muchas veces he sido mi peor juez y he refrendado esta creencia, hasta que un día descubres que te conviertes en el peor juez juzgando a aquellos que han sido un modelo para tí, aquellos que te inculcaron valores y te enseñaron el camino "correcto", aquellos a quienes tienes como espejo en el que te gustaría verte reflejado, aquellos que ayudaron a construir tu mundo interno... un día hacen algo que crees pone en peligro tu estilo o forma de vida, incluso tu felicidad, y entonces eres implacable, ni siquiera cuando te juzgas a ti mismo llegas a ser tan duro, lo sometes a un juicio sumarísimo  en el que no hay lugar para la más mínima "imperfección" del acusado, has dictado sentencia, crees que tu mundo se derrumba por su acción, cuando en realidad tu mundo se derrumba porque ni tú mismo eres perfecto, y prefieres manifestar tu ira sobre otros porque es muy jodido aceptar lo que en realidad eres...

Desde ese momento, a menudo, entramos en un círculo vicioso, en el que deseamos el mal en aquel que "nos ha fallado", vivimos obsesionados con esperar su caída, su desgracia, nos corroe la ira...sin darnos cuenta que esa ira no desgasta a nuestro "enemigo" sino a nosotros mismos.

Me gusta esta cita, no recuerdo su autor, "Mientras tu piensas en tu enemigo, tu enemigo se está tomando una cerveza en un bar"

Y también me gusta este cuento, creo que anónimo, que hoy comparto con vosotros y que me recuerda como de destructiva puede ser nuestra ira hacia otros...

El saco de carbón

Un día, Jorgito entró a su casa dando patadas en el suelo y gritando muy molesto. Su padre, lo llamó. Jorgito, le siguió, diciendo en forma irritada:

– Papá, ¡Te juro que tengo mucha rabia! Pedrito no debió hacer lo que hizo conmigo. Por eso, le deseo todo el mal del mundo, ¡Tengo ganas de matarlo!

Su padre, un hombre simple, pero lleno de sabiduría, escuchaba con calma al hijo quien continuaba diciendo:

– Imagínate que el estúpido de Pedrito me humilló frente a mis amigos. ¡No acepto eso!..Me gustaría que él se enfermara para que no pudiera ir más a la escuela.

El padre siguió escuchando y se dirigió hacia una esquina del garaje de la casa, de donde tomó un saco lleno de carbón el cual llevó hasta el final del jardín y le propuso:

– ¿Ves aquella camisa blanca que está en el tendedero? Hazte la idea de que es Pedrito y cada pedazo de carbón que hay en esta bolsa es un mal pensamiento que va dirigido a él. Tírale todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Después yo regreso para ver como quedó.

El niño lo tomó como un juego y comenzó a lanzar los carbones pero como la tendedera estaba lejos, pocos de ellos acertaron la camisa.

Cuando, el padre regresó y le preguntó:

– Hijo ¿Qué tal te sientes?

– Cansado pero alegre. Acerté algunos pedazos de carbón a la camisa.

El padre tomó al niño de la mano y le dijo: – Ven conmigo quiero mostrarte algo.

Lo colocó frente a un espejo que le permite ver todo su cuerpo. ¡Qué susto! . Estaba todo negro y sólo se le veían los dientes y los ojos. En ese momento el padre dijo:

– Hijo, cómo pudiste observar la camisa quedó un poco sucia pero no es comparable a lo sucio que quedaste tú. El mal que deseamos a otros se nos devuelve y multiplica en nosotros. Por más que queremos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos y la suciedad siempre queda en nosotros mismos.