Arreglar el mundo



Muchas son las veces en las que nos gustaría cambiar el mundo y los motivos para hacerlo múltiples; sin embargo cuando queremos cambiar algo sentimos una gran sensación de impotencia al percatarnos del poco impacto que nuestras acciones pueden tener en un entorno global, y muchas veces desistimos de cualquier acción antes siquiera de empezar con ella... aún así, algunos se ponen en marcha y actúan, entienden que todo gran viaje empieza con un primer paso... decía Ghandi "Sé tú el cambio que quieres ver reflejado en el mundo".

Cuando el cambio que desearíamos ver es mucho más humilde y en lugar de un cambio universal nos conformamos con un cambio en nuestro entorno más cercano (familia, amigos, equipo, colaboradores...) entonces nos sentimos mucho más seguros de poder afrontarlo, en este caso el problema a veces surge por la disonancia que hay entre aquello que queremos "enseñar" o "cambiar" y nuestro propio comportamiento; recuerdo situaciones en las que alguien ha entrado en un vestuario, en el descanso de un partido, gritando, pateando la papelera, dando un portazo, golpeando la pizarra, etc... para acto seguido pedir calma a los jugadores!!! (No es lo que decimos, es lo que hacemos); en otras ocasiones nos encontramos aconsejando sobre actitudes que nosotros no nos aplicamos a nosotros mismos, seguro que os vienen a la cabeza unas cuantas situaciones de estas... reflejadas en el famoso refrán "consejos vendo que para mí no tengo".

Y como siempre hay un cuento que me recuerda todo esto, en este caso de Gabriel García Márquez:

"Arreglar el mundo"

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba sus días en su laboratorio en busca de respuesta para sus dudas.

Cierto día, su hijo de seis años invadió su santuario, decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiera entretenerlo. De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras, recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo:

– Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin la ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente:

– Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido componer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?¿Cómo el niño había sido capaz?

– Hijito, tu no sabías cómo era el mundo, cómo lo lograste?

– Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura del hombre. Así, que di vuelta a los recortes, y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.

Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.



Necesitados de apoyo



Los seres humanos somos seres sociales, necesitamos de la compañía y la colaboración de los demás para poder subsistir. 

Es evidente el beneficio que tiene poder rodearte de otras personas que complementen tus conocimientos en aquellas materias que te son necesarias para conseguir un fin, ya sea mejorar un equipo de baloncesto, fabricar un nuevo producto, afrontar una negociación, etc... Es la magnitud del proyecto y nuestro conocimiento la que determinará la necesidad o no de poder afrontar un reto en solitario o si será necesario la colaboración de muchos.

Algunos a veces somos demasiado presuntuosos y creemos tener el conocimiento necesario para afrontar proyectos que en realidad es mucho mejor llevar a cabo en equipo.

Sin embargo hay pequeños proyectos, o pasos pequeños dentro de proyectos más grandes, para los que uno puede estar perfectamente preparado, pero nos resulta muy difícil hacerlo sin contar con alguien al lado. En estos casos, esa compañía sólo calma nuestra necesidad de sabernos acompañados, eso nos da seguridad, aunque lo que nos pueda aportar a nivel de conocimiento haya dejado de ser importante; lo que se ha convertido en importante es la compañía, el no sentirnos sólos.

Esta sensación seguro que la hemos tenido todos en algún momento de nuestras vidas, ya sea a nivel personal o a nivel profesional, se me ocurre el momento en que aprendemos a conducir, tras unas clases prácticas estamos preparados para tomar el control sin nadie al lado, pero nos da miedo el primer día que el profesor ya no está a nuestro lado para pisar el freno o avisarnos de un peligro que no hemos visto en el retrovisor, nos sentimos seguros con él al lado, necesitamos su compañía, aunque él mismo nos haya avisado hace ya 10 clases que estamos preparados para ir al examen y conducir por nosotros mismos.

A veces ocurre que más importante que el conocimiento es la ilusión con la que alguien te presta esa ayuda, y todavía más importante es saber reconocer que alguien te ha ayudado sin que él fuera consciente de que lo estaba haciendo.

Y hay un cuento, para mí maravilloso, que como todo cuento puede tener múltiples lecturas pero que a mí me gusta relacionarlo con lo que acabo de contar.

¿Quién guía a quién?

Aquel año el invierno neoyorquino se extendió lánguidamente hasta finales de abril. Como vivía sola y era ciega, tendía a permanecer en casa gran parte del tiempo. 

Por fin, un día el frío desapareció y entró la primavera, llenando el aire con una fragancia penetrante y alborozadora . Por la ventana de atrás, un alegre pajarito gorjeaba con persistencia, invitándome a salir. 

Consciente de lo caprichoso que es abril, me aferré a mi abrigo de invierno pero, como una concesión al cambio de temperatura, dejé mi bufanda de lana, mi sombrero y mis guantes. Tomando mi bastón de tres picos salí alegremente al pórtico que lleva directamente a la calle. Levanté la cara hacia el sol, dándole una sonrisa de bienvenida en reconocimiento por su calidez y su promesa. 

Mientras caminaba por la calle cerrada donde vivo , mi vecino me saludó con un "hola" musical y preguntó si deseaba que me condujera a alguna parte. "No, gracias" respondí. " Mis piernas han estado descansando todo el invierno y mis articulaciones necesitan desesperadamente de ejercicio, así que iré caminando". 

Al llegar a la esquina aguardé, como era mi costumbre, a que alguna persona me permitiera atravesar con ella la calle cuando el semáforo estuviera en verde. 

El sonido del tráfico me pareció un poco más largo que de costumbre, y sin embargo, nadie se ofreció a ayudarme. 

Permanecí allí pacientemente y comencé a canturrear una melodía que recordaba. Era una canción de bienvenida a la primavera que había aprendido de niña en la escuela. 

De repente, una voz masculina, fuerte y bien modulada, me habló : 

"Parece un ser humano muy alegre", dijo. "¿Me daría el placer de acompañarla al otro lado de la calle?". 

Adulada por tanta caballerosidad, asentí sonriendo, musitando un "sí" apenas inteligible. 

Con amabilidad me rodeó el brazo con su mano y bajamos de la acera. Mientras avanzábamos lentamente, habló del tema más obvio -el clima- y qué bueno era estar vivo en un día como aquel. 

Caminábamos al mismo paso y era difícil saber quién conducía a quién. 

Apenas habíamos llegado al otro lado cuando una y otra vez comenzaron a escucharse las impacientes bocinas; seguramente había cambiado el semáforo. 

Dimos algunos pasos más para alejarnos de la esquina. 

Me volví hacia él para agradecer su ayuda y su compañía. Antes de que hubiera pronunciado una palabra, me habló: 

"No sé si sabe", dijo, "qué grato es encontrar a alguien tan alegre como usted que acompañe a un ciego como yo a atravesar la calle". 

Aquel día de primavera ha permanecido en mi memoria por siempre. 


Ojalá siempre podamos rodearnos de aquellos que nos hacen mejores y también de aquellos cuya simple compañía nos hace sentir que podemos conseguir lo que queramos.


La suerte



A lo largo de  la vida van sucediendo acontecimientos que, en el mismo momento en que acontecen, catalogamos como de buena o mala suerte, y es curioso ver como sucesos que tildamos como de buena suerte acabaron convirtiéndose en una pesadilla y como otros que tildamos como de mala suerte acabaron siendo una bendición en nuestro camino.

Algunos dicen que las cosas siempre pasan  por algo, y no me refiero a las premisas para que algo suceda, me refiero a que entienden que cuando algo te pasa es por algo que está por venir... yo, sinceramente, no creo que sea así; las cosas pasan ¡Punto!,  y lo que vivimos hoy está condicionado por las reacciones que tuvimos ante aquello que nos iba sucediendo, lo que vivimos hoy no es el resultado de algo que pasó y que estaba predestinado a hacernos vivir algo concreto... como decía Steve Jobs (discurso de graduación promoción 2005 Universidad de Stanford) no podemos unir los puntos a futuro, los puntos sólo tienen sentido cuando se unen mirando al pasado.

Y hay un cuento que viene a reflejar estas situaciones que concebimos como de mala o buena suerte en el momento en el que ocurren, que me recuerda que el hecho de que sean de verdad buena o mala suerte no dependen de los hechos en sí sino de lo que suceda después y de cómo unamos los puntos mirando al pasado.

Buena suerte, mala suerte:

Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huído al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. 

Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: 

¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Y me preguntaréis si creo o no en la suerte... y para contestar me remito a una cita (creo que de Winston Churchill) que venía a decir algo así: "Claro que creo en la suerte, si no creyera en la suerte...¿Cómo iba a poder explicar el éxito de los que no piensan como yo?"

¡¡¡Buena suerte a todos!!!




La verdadera riqueza



Hace tiempo que descubrí que soy un tipo de ciclos, que pese a dedicarme a aquello que me apasiona necesito cambiar cada cierto tiempo, cambiar algo que rompa mi rutina... porque incluso aquello que me apasiona, repetido cada día durante mucho tiempo, acaba convirtiéndose en rutina; unas veces los cambios han venido por puro crecimiento (creciendo en la rueda de la vida, o de mi profesión, como crecemos al pasar de primaria a secundaria y de ahí a la universidad o a nuestro primer trabajo), otras veces los cambios vinieron precedidos de algún episodio traumático (despido) pero que a la larga se mostraron como algo que me ayudó a crecer y que me permitieron vivir episodios maravillosos de mi vida; otros han sido por pura decisión personal, simplemente porque había que iniciar un nuevo ciclo pues el anterior ya estaba agotado.

A veces he retrasado el cierre de un ciclo por puro miedo, por falta de valentía; quizá por comodidad (que vuelve a encerrar el concepto del miedo).

El caso es que estoy seguro que se acerca un cambio de ciclo, quizá sea cerrar una etapa para que no vuelva o quizá sea cerrarla para volver a abrirla en otro momento de mi vida (como ha ocurrido con alguno de los ciclos ya vividos).

Y es curioso, porque cuanto más convencido estoy de ello más ferozmente aparece el miedo... y siento como mi mente se comporta como el padre de este cuento, que hoy comparto con vosotros, que me quiere enseñar las bondades de lo que tengo comparándolas con las supuestas "adversidades" que pueden aparecer... sin embargo lucho por acabar pareciéndome al niño, siendo capaz de encontrar en cosas más "sencillas" la verdadera esencia de mi vida (Compartir el conocimiento):

Fortunas del campo:
Cierta vez un acaudalado padre de familia llevó a su hijo a un viaje por el campo con el firme propósito de que este viera cuán pobres eran ciertas personas y comprendiera el valor de las cosas y lo afortunados que eran ellos.
Estuvieron un día y una noche en la granja de una familia campesina muy humilde.
Al concluir el viaje, ya de regreso en casa, le preguntó a su hijo:
- ¿Qué te pareció el viaje?
-¡Muy bonito, papá!
- ¿Viste qué tan pobre y necesitada puede ser la gente?
- Sí
- ¿Y qué aprendiste?
- Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina de 25 metros, ellos un riachuelo sin fin. Nosotros tenemos lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta el muro de la casa, el de ellos hasta el horizonte. Especialmente, papá, vi que ellos tienen tiempo para conversar y  convivir en familia. Tú y mi mamá deben trabajar todo tel tiempo y casi nunca los veo.
El padre se quedó mudo y el niño agregó:
- Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podríamos llegar a ser.





Cortar la punta


Hoy charlando con un amigo sacamos a relucir el tema de la educación (no me refiero a los modales, me refiero a la enseñanza), yo le comentaba como en los últimos años empecé a entender cosas de física que nunca entendí mientras me las enseñaban (tanto en el colegio como en la universidad), como deambulaba entre fórmula y fórmula sin saber muy bien, ni lo que significaban, ni como se usaban.

Esto me trajo a la cabeza una situación que he vivido con amigos y familiares que actualmente son padres de niños de corta edad... igual a tí también te suena, esa edad en la que no paran de preguntar ¿por qué?, al principio los tratan con paciencia incluso les dan la explicación (en la medida de lo posible), pero al ¿por qué? un millón, la paciencia se pierde y bastante tienen con contener los nervios; pero entender el por qué de las cosas suele ser la diferencia entre progresar y simplemente estar.  De ahí mi dificultad inicial con esas asignaturas, no entendía el por qué de muchas cosas y resolver problemas se volvía insufrible salvo cuando eran problemas idénticos, pero con otros datos, a otros vistos anteriormente.

Cuando enseño siempre trato de explicar el por qué de las cosas que enseño, y reconozco que hay una contestación que me pone de muy mala leche y que cuando la he usado yo como respuesta ha hecho saltar un resorte interior que me avisaba ¡Alerta! (sirenas sonando)... Aquí las cosas siempre se han hecho así... Vale, siempre han sido así, pero ¿habrá un por qué? ¿no?

Y es curioso como muchas veces aceptamos por válida una respuesta o solución que nos sirvió en un momento y en unas circunstancias determinadas, sin darnos cuenta que todo cambia (http://blog.jotacuspi.com/post/la-pecera-y-el-oceano) y que si bien esa solución puede seguir funcionando también es posible que deje de hacerlo o que haya dejado de ser la mejor solución al problema planteado bajo nuevas circunstancias, con lo que es conveniente que nos preguntemos siempre el por qué de las cosas que hacemos.

Y cuando me encuentro en esta situación me gusta recordar este cuento de Jorge Bucay (Cartas para Claudia) que me enseña a cuestionarme constantemente la validez de las soluciones que en un momento dado me funcionaron o funcionaron a otros:

ACTO PRIMERO (En casa de la pareja.) La esposa ha cocinado un hermoso jamón al horno para su marido por primera vez -por primera vez el jamón, no el marido…)

ÉL (lo prueba).- Está exquisito. ¿Para qué le has cortado la punta?

ELLA.- El jamón al horno se hace así.

ÉL.- Eso no es cierto. Yo he comido otros jamones asados y enteros.

ELLA.- Puede ser, pero con la punta cortada se cocina mejor.

Él.- ¡Es ridículo! ¿Por qué?

ELLA (duda).- Mi madre me lo enseñó así.

ÉL.- ¡Vamos a casa de tu madre!

ACTO SEGUNDO (En casa de la madre de ella.)

ELLA.- Mamá, ¿cómo se hace el jamón al horno?

MADRE.- Se adoba, se le corta la punta y se mete en el horno.

ELLA (a ÉL).- ¡¿Has visto?!

ÉL.- Señora, ¿y por qué le corta la punta?

MADRE (duda).- Bueno… El adobo, la cocción… ¡Mi madre me lo enseñó así!

ÉL.- ¡Vamos a casa de la abuela!

 ACTO TERCERO (En casa de la abuela de ELLA)

ELLA.- Abuela, ¿cómo se hace el jamón al horno?

ABUELA.- Lo adobo bien, lo dejo reposar tres horas, le corto la punta y lo cocino a horno lento.

MADRE (a ÉL).- ¡¿Has visto?!

ELLA (a ÉL).- ¡¿Has visto?!

ÉL (porfiado).- Abuela, ¿para qué le corta la punta?

ABUELA.- Hombre, le corto la punta ¡para que pueda entrar en el horno! Mi horno es tan pequeño… (Cae el telón.)